6.26.2006

MÉXICO PARA CORTARSE LAS VENAS

ADMITO QUE en el título hago alusión al mejor libro que quien escribe estas líneas ha tenido la fortuna de leer en toda su vida: “Las Venas Abiertas de América Latina”, de Eduardo Galeano, por el profundo respeto que tengo hacia el trabajo de investigación que se incorpora a su majestuoso estilo narrativo lírico que fascina como un eclipse y atrapa como una enredadera a quien recorre sus páginas, a pesar de tocar temas sumamente trágicos, así como también por sus ideas, que describen cómo nuestro continente ha sido concebido para sufrir a la sombra de sus explotadores.

UNO. Hace ya más de 5 siglos de la Conquista de México y es entristecedor ver como nuestra historia siempre ha sido la misma. Tras la llegada de los españoles, se hubiera podido pensar que con la incursión de nuevas tecnologías, incipientes industrias, sistematización de la explotación de los recursos (naturales y humanos), la inyección de nuevos capitales, México (La Nueva España) se consolidaría como una gran nación, como una potencia o simplemente como un país autosustentable. Siempre estuvo la promesa, pero nunca fué así. Los dueños de las tierras y de las fábricas y de las minas y de la cosas, se enriquecieron más, mientras que la división social se acrecentaba cada día más, se instauró una larga etapa de colonialismo vertiginoso (consistente en explotar con gran desmesura los territorios recién adquiridos), a la vez que el grueso del pueblo quedaba rezagado, viendo con pesar como el tren del progreso pasaba frente a sus ojos, dejándolos atrás.

Tras no menos de 300 años, quienes ostentaban sangre española, pero que no gozaban los mismos privilegios que los nacidos en la Península Ibérica (sí, los privilegios siempre han estado para repartirse), comenzaron a inconformarse, comenzaron a conspirar y aprovecharon que la gente ya no toleraba más el ver como el progreso se alejaba hacia delante mientas que ellos retrocedían en cuanto a su nivel de vida a una velocidad sólo proporcional al salvaje auge de la maquinaria económica que se alineaba a las teorías más novedosas inventadas por quienes tenían que inventar cómo controlarlo todo. Después de seguir así, acrecentando las divisiones sociales y tras un apoderamiento de semejante (y lucrativa) empresa por parte de los grandes capitales mundiales: Inglaterra, Francia, y los florecientes Estados Unidos, México dejó de ser en realidad una Colonia Española, salvo quizá administrativamente, para contemplar con tristeza como el progreso ofrecido por el “avance” económico instaurado seguía siendo en extremo lucrativo, dándoles rendimientos a los amos y a todo su aparato de sometimiento, a los inversionistas y en general a los dueños de México. Pero había un problema. Todo esto no repercutía en absoluto en el bienestar de la gente. Sí, habían fuentes de empleo, pero eran miserables, y sólo generaban miseria y miserables, y desigualdad e injusticias y recelo. Hasta que la Corona Española comenzó a ser más inexistente que nunca, no solo económicamente como ha sido descrito en líneas anteriores, sino también en el sentido de que Napoleón se la adjudicó, tras haber conquistado toda Europa (España incluida), a su hermano José, cosa que indignó aún más al país y a su gente.

Los factores estaban dados y se consumó tras 11 años de lucha, tras la caída de los caudillos que nos dieron patria, la Independencia de México. ¿Qué podría tener eso como consecuencia? Lo obvio, que con solo un poco de organización, se podría dejar atrás el atroz camino que se nos había trazado a través de la imposición y estructurar un nuevo orden en el recientemente creado país: México. Pero, por supuesto, eso no sucedió.

Tras la firma de los tratados de Córdoba, Agustín de Iturbide marcharía triunfal con el Ejército Trigarante a la Ciudad de México, para después proclamarse Emperador durante un período durante el cuál poco cambió. México fue perdiendo territorios y siguió dándolo la bienvenida a las promesas de los inversionistas extranjeros que seguían siendo dueños de todo y que seguían enriqueciéndose cada vez más a costa de todos. La gente seguía perdiendo.

DOS. Tras la decisión de colocar un Emperador austriaco al mando de nuestro país y una interminable lucha para destronarlo por parte de gente como Benito Juárez que en su República Restaurada recuperó el mandato del país para los mexicanos (o para él), y aún después de la muerte del Benemérito de las Américas, el país siguió hundiéndose en una profunda miseria y caos y se prolongaron los años de luchas armadas que no cesaban desde la consumación de la Independencia. Y el poder político se centró en un personaje, Porfirio Díaz, que se mantuvo por 34 años, en los que por medio de represión y cambios a la Constitución, logró estabilidad y paz en el territorio nacional.

Dicha paz abrió camino al desarrollo económico y la creación, por ejemplo, de una fuerte infraestructura ferrocarrilera (que lejos de beneficiar al pueblo, era más bien la manera de transportar mercancías de las fábricas a los puertos para después ser embarcadas a sus destinos, beneficiando, por supuesto, a los dueños de las fábricas). Esta situación hizo posible que los negocios tuvieran un ambiente sumamente favorable, sobre todo los extranjeros, que ingresaron a México con grandes facilidades y de manera amplia, por el afán Díaz de que México estuviera a la altura de Europa y, en lo tecnológico, de Estados Unidos. La única manera de lograrlo, era a través de la incursión de empresas extranjeras al por mayor. Durante gran parte del Porfiriato, hubieron en México años de estabilidad social y política, así como de crecimiento económico. Sin embargo, dicho periodo también provocó la polarización de la sociedad mexicana, particularmente entre los muchos campesinos y obreros que vivían prácticamente en la miseria, la naciente clase media que encontraba obstruidos todos los caminos para el progreso familiar y personal, y los muy pocos dueños de la riqueza, que disfrutaban del poder político al amparo del régimen porfirista (¿alguna semejanza con la situación actual?), al grado que estalló la Revolución Mexicana, que bajo el mandato de caudillos visionarios como Villa o Zapata, tuvo su principal fuerza en un profundo resentimiento de la gente que no podía vivir así más.

TRES. Y después vino el PRI, a través de sus antecesores (solo en cuanto al nombre respecta), pero creado para organizar la clase política del país. A través de instituciones, los tecnócratas se apoderarían de las riendas de la nación, llevándola hacia lo que siempre había funcionado: la promesa de que participando del juego de los poderosos, algo de ese poder (que seguramente ellos estarían dispuestos a compartir) habría de permear hacia nuestras entrañas, permitiendo, entonces, voltear hacia la gente y repartir un poco de lo que el servilismo habría generado. Pero no fue así. Los recursos naturales siguieron siendo brutalmente explotados (¿o sería más apropiado decir saqueados?), los empleos siguieron siendo terriblemente mal pagados de manera que una vez más, la brecha entre las clases sociales se hacía cada vez mayor, generando división y descontento en prácticamente todos los sectores de la población (menos los favorecidos, por supuesto), de manera que durante más de 70 años, hubieron diversos brotes de resistencia de quienes pensaban que ese no era, como nunca lo había sido, el camino a seguir. Pero a través del aparato de represión de gobierno (gestionado especialmente gracias a los medios de comunicación y a la violencia), siempre se mantuvo cierto orden cual silencio inquietante que solo parece indicar que en cualquier momento las cosas habrían de estallar, pero no hubo necesidad, puesto que la manera de darle continuidad al proyecto de nación de más de 500 años, era simple. Cambiarle le nombre al partido encargado de poner al país al servicio de los que mandan (de los grandes capitales, de las Transnacionales, del Fondo Monetario Internacional, del Banco Mundial, del Banco Interamericano de Desarrollo, de los Estados Unidos, de la CIA, entre otros) y listo. La pregunta era cómo hacer la transición de manera que su estruendo fuera prácticamente imperceptible. Fácil, se crea un líder mediático y se vende la idea de que ha ocurrido algo extraordinario, de que hemos presenciado un cambio que habría de marcar un antes y un después en nuestra redundante historia, aunque el proyecto fuera exactamente el mismo.

Ahora México se encuentra ante una disyuntiva: Arriesgarse y tomar una oportunidad histórica para intentar lo correcto, para salir de la sumisión en la que siempre se ha encontrado, de construir un camino que represente bienestar para todos, empezando por los sectores más vulnerables, que son también quienes más distanciados y rezagados se encuentran; o escuchar el consejo de la clase política dominante, de los empresarios, de los sectores controlados por Carlos Salinas de Gortari, que sabiamente alertan de los peligros de alejarse del esquema que ellos trazaron, que a ellos les conviene, y utilizando argumentos que utilizaba Richard Nixon para conquistar el mundo (y así liberarlo la terrible amenaza que representaba el Comunismo -la izquierda, en estos días- para el orden mundial) 30 años atrás.

ES ESPERANZADOR el panorama que parece indicar que México ha madurado, al grado que a una semana de las elecciones presidenciales y desde hace más de tres años, tiene encabezando prácticamente todas las encuestas serias, a un candidato que habla de empujar al país hacia arriba, comenzando desde abajo, que habla de que por el bien de todos, primero los pobres, que se atreve a pensar que los privilegios que se les otorgan a los más privilegiados son quizá excesivos, que representa un nuevo tipo de inserción a latinoamérica (cuya tendencia está marcándose cada vez más hacia una izquierda moderada), que ha soportado todo tipo de embestidas por parte de sus detractores alineados al orden Neoliberal creado por quienes todo lo tienen con el fin de controlarlo todo en una pesadilla orwelliana.

Este 2 de julio tenemos una gran responsabilidad. La responsabilidad de preguntarnos si las cosas están y han estado bien y como consecuencia, cuestionarnos si queremos darle continuidad al estado en que siempre nos hemos encontrado. Reza el dicho que el pueblo que no conoce su historia, está condenado a repetirla. Nosotros conocemos la nuestra, puesto que la vivimos diariamente, así que está en nuestras manos enmendar el camino y construir el México que queremos.

1 comment:

Anonymous said...

Excelente post. Lástima que ahora, 4 de julio, todo siga igual, y los poderosos sigan controlando todo. Desde los programas que vemos, la música que escuchamos, la comida que comemos hasta el pensamiento de la gente. hasta el voto. controlado con miedo. ojala algun dia alguien llegue, y con la musica de tchaikovsky, 1817 a todo volumen, bombardee el congreso. (referirse a la pelicula v for vendetta, para mas aclaraciones)